viernes, 13 de junio de 2014

Privatizar es robar al pueblo



Pedro Luis Angosto | nuevatribuna.es | 10 Junio 2014 


Con la lucidez impar que siempre le acompañaba, en 1995 José Saramago, indignado con la ola neoconservadora que ya por entonces arrasaba el mundo, escribió lo que sigue en sus imprescindibles Cuadernos de Lanzarote: “Que se privatice Machu Picchu, que se privatice Chan Chan, que se privatice la Capilla Sixtina, que se privatice el Partenón, que se privatice Nuno Gonçalves, que se privatice la catedral de Chartres, que se privatice el Descendimiento de la cruz de Antonio da Crestalcore, que se privatice el Pórtico de la Gloria de Santiago de Compostela, que se privatice la cordillera de los Andes, que se privatice todo, que se privatice el mar y el cielo, que se privatice el agua y el aire, que se privatice la justicia y la ley, que se privatice la nube que pasa, que se privatice el sueño, sobre todo si es diurno y con los ojos abiertos. Y, finalmente, para florón y remate de tanto privatizar, privatícense los Estados, entréguese de una vez por todas la explotación a empresas privadas mediante concurso internacional. Ahí se encuentra la salvación del mundo... Y, metidos en esto, que se privatice también a la puta que los parió a todos”. 

Y bien, no se puede decir mejor y en menos tiempo, la privatización es la vuelta al pasado, a ese tiempo que mitifican las películas y novelas con príncipes y guerreros intrépidos que matan por miles a los malos y terminan compartiendo lecho y fortuna con la más guapa, muchas veces su prima o su tía, fomentando eso tan maravilloso para la mejora de las especies que es la consanguinidad, hábito que ha llevado a las familias reales europeas a ser líderes mundiales en la fabricación de tontos de cartel y malos sin escrúpulos. Sí, privatícese todo lo que se mueve y lo que no se mueve, que no haya nada que no pertenezca a quienes lo tienen ya todo, que la vida vuelva a ser igual a la que existía antes de la Revolución Francesa, cuando reyes, reyezuelos, príncipes, duques, condes, marqueses y arrimados por vasallaje decidían lo que los demás tenían que hacer, sobre su hacienda y sobre su vida, sobre el curso de los ríos y la virginidad de las siervas de la gleba, regresemos a aquel pasado idílico donde los que combatían con una espada en la mano y una cruz en la otra podían violar sistemáticamente a cuantas personas apeteciera con la bendición del Santísimo, a las mazmorras subterráneas sin luz ni pan, a los asesinatos en masa de quienes osaban protestar por las alcabalas, sisas, millones, tercias y diezmos que año tras año sumían a la población en la miseria absoluta, a ese tiempo en que todo lo que veía tus ojos y mucho más era del Señor, quién además dictaba las leyes a su conveniencia y castigaba a los malos según le salía del arco del triunfo. Llenemos los palacios de los banqueros de bufones y criados, las catedrales de rezadores que imploren porque Dios los acoja en su seno lo antes posible, hagamos de este mundo un infierno tal infernal que el otro, el que nos prometían caso de no ser buenos y obediente, nos parezca una guardería de lechales cuando llegue la hora postrera. 

¿Quién mejor para gestionar la cosa pública que aquel que ya lo tiene todo y concibe las relaciones humanas como un puro negocio, como explotación, como maximización del beneficio a costa de lo que sea? ¿Quién más adecuado para dar de comer al hambriento que el aquejado de gota hastiado de comer carnes rojas? ¿Quién más eficaz para vestir al desnudo que Amancio Ortega con sus misas y sus costuras orientales? ¿Quién más diestro en manejar el bisturí que el galeno que cada vez que interviene un riñón, un corazón o un ojo ve crecer su maravillosa cuenta en Suiza y unas vacaciones de aquí te espero en las islas más recónditas y caras del mundo? ¿Quién mejor que los curas, que tienen hilo directo con El Creador, para educar y formar las conciencias descarriadas por lo mundano de nuestros hijos, sobrinos y primos en tercer grado de afinidad? ¿Para qué pagar impuestos al Estado dilapidador si podemos entregar nuestro dinero cómodamente al cacique que nos corresponda según apellidos, lugar de nacimiento y estirpe para que nos proteja de él mismo y de sus generosos amigos de lucha? ¿Por qué gastar un solo ducado en funcionarios públicos si podemos hacerlo todo gratis mediante voluntarios y damas de la caridad, aportando además el valor de lo que se hace por vocación y amor cristiano? Sí, privaticémoslo todo, hagamos que nuestro trabajo, nuestro sudor, nuestro esfuerzo se ponga al servicio de los nuevos señores feudales globales, porque ellos sí que saben.

Hace unos días el ministerio de Defensa ha anunciado a bombo y platillo en todos los medios del régimen que ha logrado ahorrar diez millones de euros “desexternalizando” lo que hace años “externalizó”, es decir que hace años el ministerio privatizó una serie de servicios públicos de su competencia y se los entregó a un grupo de amigos para su lucro personal y societario con el consiguiente encarecimiento de los mismos, servicios que ahora ha vuelto a hacer públicos, como si de un gobierno bolchevique se tratara, con la consiguiente y natural disminución de costes. Esta noticia, que no es más que la constatación oficial de que privatizar es robar a mansalva y atentar contra los derechos de todos, es tremenda, porque al reconocer el ejecutivo que la privatización nos costaba mucho más dinero a todos, está implícitamente admitiendo que durante los años que duró la privatización de esos servicios –y de todos- se ha estado pagando mucho más a particulares y allegados de lo que el servicio costaba, vamos que nos estaban robando, nos roban y nos seguirán robando salvo que algún día recuperemos el juicio y seamos capaces de coger un barco, llenarlo con todos los malnacidos defensores de las privatizaciones y demás chanchullos medievales, lo llevemos a altamar y, una vez allí, lo torpedeemos sin el menor remordimiento.

La privatización de servicios públicos es la mayor fuente de corrupción que existe hoy en día. Privatizar quiere decir que se entrega un servicio público a unos particulares para que lo gestionen a sabiendas de que esos particulares no hacen nada altruistamente sino que lo hacen para enriquecerse, lo que implica que el lucro vendrá de dos partidas: Una, la disminución de costes laborales y de otro tipo con el progresivo deterioro del servicio que se presta; otra, directamente de los presupuestos del Estado cuando eso no baste para alcanzar el lucro que se pretende. Privatizar, es por tanto, un delito, uno de los más graves delitos que puede cometer un gobernante y permitir un gobernado.
 

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